Así es el pueblo más silencioso de Colombia

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Hay lugares que son pa contemplar, que lo hacen a uno meterse pa dentro de la tusta, pensar pensamientos y sorprenderse por la increíble capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos a todo lo que se nos traza, a las relaciones, a las circunstancias, a los momentos, a los espacios.

Hay sitios de los que uno escucha hablar, que son tan diferentes, que rayan en lo insólito y esa misma rareza hace que uno quiera visitarlos; uno quiere ser testigo pa contarlo, no que se lo cuenten.
“El que todo lo quiere saber, todo lo quiere contar y nada puede ignorar”, decía misia tabita.

Desde hace mucho tiempo quería conocer a Jordán, a Jordán Sube, que de sube solo el nombre, porque el pueblo queda bien abajo, en el fondo del Cañón, al ladito del río Chicamocha.

En la vía nacional entre San Gil y Aratoca hay que buscar la entrada y luego empezar bajar parejo por una carretera remendada con algunos tramos en placa huellas y otros en tierra amarillenta, atravesar pedazos donde uno va pegadito a la montaña y al otro lado el abismo que muestra la profundidad del Cañón.

Después de un larguero de curvas, hay una parte donde se abre el panorama y aparece imponente el majestuoso cañón del Chicamocha

Ahí fue donde sentí el fogonazo en la jeta, donde sentí el bochorno que acompaña a diario a los jordanenses, lo único que acaté a exclamar en ese momento fue: ¡uy juemadre, prendieron el horno!

Jordán Sube tiene una tranquilidad pasmosa, un silencio absurdo en el que solo se escuchan los pasos del caminante y el murmullo constante del río Chicamocha.

En algunas horas del día el calor pellizca los 33 grados de temperatura y el reflejo del sol en las calles, hechas con retazos de piedra de rio, levantan un vaho que ofrece sensación a sauna.

¡Qué calor tan arrecho!,
Uno se pone maltrecho
Esto es pa gente berraca,
santandereanos de raca mandaca.

Las calles del pueblo son solitarias, sin movimiento, normalmente habitan entre 25 y 50 personas el casco urbano de Jordán, que debe tener como máximo 6 cuadras de extensión.

Si no me creen, pillen cómo se ve allá arriba en aquel alto.

Aquí la gente vive de echar mocho en los jornales, siembran tabaco, maíz, yuca y patilla, chirimoyas, limones, melones y mamones…

Hablando de chirimoyas y limones hubo un momento especial con un anciano del pueblo, un nonito de 86 años de edad que me abrió las puertas de su casa y me mostró su soledad; su única compañía es una perrita a la que le llama: “mascota”.

Este hombre es de Los Santos y vive desde hace 35 años en Jordán, su esposa murió y ahora se las entiende solo, los vecinos le colaboran y una hija que lo visita seguido.

Entre risa y chanza le pregunté si me dejaba tomarle un retrato y eso no jue más que sin pensarlo cogió rápiditíco su sombrero, se metió la camisa y posó pa la cámara.

Aparte del momento compartido, don Bernardo me regaló unos limones y un par de chirimoyas.

Don Bernardo solo tiene lo necesario; a él lo acompaña Dios, su perrita y los recuerdos que van y vienen en su mente, pero en medio de su dificultad mostró la bellecitud del campesino colombiano, la nobleza y generosidad que enseñaban los ancestros, que al hacer visita hay que llegar con algún presente y no dejar ir a nadie de la casa sin nada en el buche o con las manos vacías.

Uno de los atractivos y quizá el que genera mayor movimiento económico en el pueblo es el camino histórico Santos – Jordán, un camino de herradura empedrado, apetecido por turistas, propios y extranjeros, que les encanta echar pata como locos.

Este paso fue declarado Bien de Interés Cultural y es transitado a diario por arrieros y habitantes de la zona desde hace 800 años, desde cuando existía la comunidad indígena Guane.

Pero todo ese idilio económico se acabó cuando las bestias se cambiaron por carros y construyeron la vía nacional por el sector de Pescadero, dejando a Jordán borrado del del mapa.

El recuerdo de aquella época dorada es esta bellezura de estructura amurallada hecha de piedra, metal y madera que tiene casi dos siglos de funcionamiento, ¡joda arrecha hacer las cosas bien hechas!

El pueblo no tiene almacenes, no hay droguerías, no hay bancos ni panaderías, hay varias tiendas donde se encuentra lo necesario; aquí tampoco nace nadie porque no hay hospital, a las parturientas les toca coger camino pa municipios vecinos a tener a sus chinos y hasta hace poco los difuntos no eran enterrados en el pueblo porque el cementerio taba en ruinas.

Estrenando campo santo, los jordanenses pueden enterrar a sus muertos, aunque les toque cargarlos cuesta arriba, como pagando penitencia.

Aquí el tiempo parece haberse detenido, ¡cómo será que todavía mandan telegramas por Telecom!, bueno eso es paja mía, pero como pa que lo sepan, aquí tampoco hay empresas de mensajería.

En algunas partes del pueblo se escucha un silencio como de pena, pena por un pasado doloroso de violencia y desplazamiento.

El paisaje urbano está lleno de casas desvencijadas, carcomidas por los años, algunas conservan sus fachadas en buen estado, pero por dentro están en ruinas, mal recuerdo que dejó la época de la violencia partidista.

Las casas rotas son vestigios de las amenazas cumplidas de los godos a los cachiporros.

La poeta Guane, Cecé León, escribió un poema en homenaje a su nona, misia tabita, registrada en Jordán y desplazada en dos ocasiones: una por la violencia y la otra por el desprecio. Algunos fragmentos de su poesía titulada ‘En blanco y negro’, dicen así:

Sé, nona, de su desplazamiento absurdo y forzado
a mediados del siglo pasado

Sé, nona, que no tuvo tiempo
de explicar su miedo;
Sé que huyó con casi nada
que era lo único que poseía.

La peregrinación continúa;
todavía los valles, caminos
y ríos de Colombia
acompañan huidas y abandonos.

Muchos, nona, muchos tomaron su lugar
Y en esta maratón de frágiles
no habrá nunca un vencedor.

En Jordán mucho haber poquita gente, pero es un pueblo regonitíco que merece ser visitado, sus habitantes nos demuestran que no se necesita mucho, solo vivir en paz, pa tenerlo todo.

Visitarlo es quitarle el estigma de que es un pueblo fantasma, eso quieren sus habitantes.

Visitarlo es hacer que brille como una perla al lado del Chicamocha, es como toparse un tesoro escondido lleno de tranquilidad y silencio que en las grandes ciudades no se puede encontrar.

¡Mucha belleza, mano!