Cuando uno va bajando por pescadero, en la vía que de San Gil conduce a Bucaramanga, hay un pueblo que se atisba pequeñito y solitario, clavado en el centro del Chicamocha, en muchas ocasiones me pregunté ¿cómo hace esa gente pa vivir allá? ¿Cómo resisten al ardiente clima? ¿Por qué la necesidad de meterse en lo profundo y abrir carretera a filo de peñascos y peligros? y en medio de tanta pensadera y preguntadera me respondí: pues por el agua, gran pingo.
La necesidad de tener cerquita el agua hace que hagamos hasta lo imposible, pero qué es imposible pa quien quiere y cree.
Esto es Cepitá, un municipio Santandereano que palpita en el corazón del cañón.
Tiene agua en abundancia, la del río Chicamocha, la de la quebrada la Perchiquez, aljibes y hasta debajo de las casas constantemente pasa agua que los habitantes usan pa sus cultivos.
Cepitá es como una isla verde en medio de la aridez del Cañón, camine les muestro cómo se ve allá arriba en aquel alto.
Los cepiteños viven de la agricultura, el tabaco negro, la patilla, la papaya, el mango, los cítricos, la ahuyama, hortalizas y muchos otros productos que se cultivan en esta tierra.
Caminar sus calles es volver al pasado, como sucede en muchos pueblos de Santander, las casas son grandes, hechas en tapia pisada y de techos coloniales.
Hay casas que parecen posadas, listas pa recibir visitantes, pero son viviendas bien cuidadas como la de doña Roquelina, donde crió a sus 12 hijos y en la que recibe a nietos, bisnietos, reymundo y todo el mundo en las fiestas decembrinas.
O como la de doña Tulia que tiene esta bellecitud de jardín en el patio central.
La gente es cálida, amable y fraternal. Al finalizar el día, pude atisbar que los cepiteños se sientan a la entrada de sus casas a tomar el fresco de la tarde y hablar sobre la vida, bonita tradición que vi en casi todas las calles del pueblo.
Tienen un parque mucho lo bonito, bien cuidado, con ceibas centenarias, una de ellas lleva ahí más de 350 años. Por la tarde llegan pájaros y hasta guacamayas a dormir en sus árboles.
La gente de pueblos pequeñitos tiene una capacidad pa cuidar lo común, todos saben que el municipio es su casa y por eso lo mantienen limpiecito y en buen estado.
Al despuntar el día en Cepitá, el cielo rojizo anuncia un concierto digno de exaltación y aplausos, dirigido por nuestro Creador e interpretado por el canto de los pájaros.
¿Qué más necesita uno? Tal vez un tintico caliente pa comenzar el día, la familia alentada y un buen pedazo de cabro asado con pepitoria.
Sírvame lígero que tengo la jeta hecha un charco, le dije a la doña cuando vi el pedazo de cabro asándose en la candela.
El cabrito estaba mucho lo bueno, suavecito y bien condimentado, allá lo sirven con pepitoria, sus buenas estillas de yuca, sopa y limonada con panela, un morriao que lo va dejar como mozo de cocinera.
En la provincia Guanentá, a donde usted quiera que vaya, le van a servir tabliao y no va a quedar ladiao.
Hay algo que mucho gustarme y son las ollas viejas y tiznadas donde hierbe la sopa, indicios de un lugar donde cocinan con leña que le da un sabor especial a la comida.
Donde hay cocinanza, hay tragacina y donde hay tragazón hay juntancia y todo eso es mero amor.
Las cabras tienen un papel protágonico en Cepitá, son parte del paisaje de la zona, se ven en las vías, en los solares de las casas, en las calles y en las montañas.
La cabra santandereana que habita este lugar es pura raza y se pasea libremente por el territorio comiendo plantas silvestres, entre ellas el orégano orejón, por eso es que dicen que su carne es la mejor y que en Cepitá se come el mejor cabro de Santander. Yo no lo pongo en duda, yo refuerzo la teoría.
Miren esta jijuepuerca trepada en una de las montañas del cañón, se veía imponente, como una reina en su cordillera.
Y justo al frente de la cabra, en la otra montaña, una familia de hermosas ceibas barrigonas se mostraban imponentes con sus hojas verdes. Es increíble cómo logran sobrevivir a la sequedad del terreno, con sus raíces clavadas a la piedra de la montaña.
No sé a cuánta gente le emociona ver estos árboles pero yo estaba embelesado.
Mano es que encontrarlas es tarea difícil, no se ven en cualquier parte, duran entre 30 y 50 años en crecer, son árboles en vía de extinción que solo se topan en el cañón del Chicamocha.
y yo estaba ahí, en medio de la nada, en las estrías del Cañón, viendo una especie que solo nace en esta parte del planeta, en el Cañón más profundo del mundo.
Hay imágenes como esta que uno guarda en la tusta y de cuando en cuando las desempolva pa recordar y vivir.
Me sorprendió gratamente el clima de Cepitá, yo pensaba que era una tierra calientísima como pa iguanas, es cálido pero rico, el sol pega fuerte hacia el mediodía, pero su temperatura no da pa vivir arrimado a un ventilador.
Aunque una de sus habitantes me dijo que en diciembre y enero aquí se suda la gota gorda.
Cuando vayan les recomiendo subir a La Loma Colorada, un mirador al que usted llega con la jeta coloreta y la tusta achacuanada, pero arriba lo espera un mirador de 360 grados donde se ve el pueblo, el río, las montañas y todo lo que ofrece este terruño santandereano que vale la pena visitar.
¡Mucha Belleza, Mano!